Como el resto de muchos de ustedes, soy un lector. Leo por leer, para escribir, por deleite, para aprender, y entre otras intenciones para evadir el asfixiante ruido que recorre los cuatro puntos cardinales. Leer es indudablemente terapéutico, ¡todos lo sabemos! Ha sido así desde la invención de la escritura hasta el apogeo de la lectura en voz alta; hoy nada ha cambiado, a pesar de ser el momento de Kindle, Amazon y Scribd. Seguimos leyendo, comiendo letras y de alguna manera transformando nuestra conciencia si aceptamos la idea de su construcción estar basada en el uso del lenguaje. Razón por la cual hoy comienzo con un texto, ya por muchos leido, Sidartha de Herman Hesse. Mi objetivo es contrastar dos ideas: la lectura versus la experiencia factual. ¿Cuáles son sus diferencias? ¿Qué ayuda más? ¿Acaso los libros podrán ahorrarnos sufrimiento? ¿O es mejor salir de casa, regarla, cometer errores, comenzar un círculo semieterno que nos golpeará noche tras noche? Preguntas interesantes, ya antes abordadas, pero cíclicas a horas del día y en algunos momentos de nuestras vidas.

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